Las cosas nos están saliendo mal como humanidad y como civilización. El coronavirus SARS-CoV-2 (sí, porque el virus se llama SARS-CoV-2, y la infección producida por él se llama COVID-19, es decir, Coronavirus Disease) nos está destruyendo.

Según BBC Mundo, transcurrirán entre 12 y 18 meses para que se desarrolle una vacuna, y más de dos años para que se desarrolle la inmunidad natural. No es secreto para nadie que eso nos dejaría moral, económica y socialmente destrozados. ¿No es alentador, verdad?

Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS), en su página web, falla en responder preguntas que el público se hace cada día:

  • Cuánto dura vivo el virus si no está infectando una célula
  • En cuánto tiempo se puede curar el virus
  • En cuánto tiempo tendremos cura

Aunque entiendo por qué no dan esas respuestas, la histeria colectiva lleva a la desinformación. Así, además del coronavirus, otro mal nos está intentando matar: la desinformación.

Sí, todo se ve muy desalentador. Quizá todo esto haga que cambiemos radicalmente nuestros paradigmas -para bien o para mal- o nos retroceda en el tiempo, pero siempre es crucial recordar que después de la Peste Negra vino El Renacimiento.

Una tragedia para la luz

Ok, la Peste Negra diezmó Europa. Se habla de que exterminó a un tercio de la población, pero llevó a un aumento demográfico impresionante producto del Renacimiento.

Afortunadamente nosotros no estamos en la Edad Media y tenemos un arma implacable contra todo mal llamada ciencia. ¿Por qué no evitar que se diezme la población, pero también entrar en una etapa de luz? ¿Por qué no abrirle las puertas al saber y cerrárselas a la ignorancia? ¿Por qué no crear un Renacimiento del siglo XXI al que no le siga una Reforma? ¿Por qué no?

Y la única salida que encuentro, en mi probablemente limitada interpretación de los acontecimientos, es la educación. Si educamos biólogos y epidemiólogos que, aprendiendo de los errores que cometimos nosotros, logran contener finalmente todos los virus (o al menos los coronavirus), ¿no habremos logrado, a través de la educación, la solución a un problema milenario? ¿No habrá valido la pena cada centavo invertido en educar a las nuevas generaciones?
Pues sí, estoy seguro que lo vale. Pero ahora nos encontramos ante un verdadero problema: ¿Cómo continuamos educando -y educándonos- en un país sin muchas alternativas remotas?

¿Qué hacemos?

Realmente, no lo sé. Si se plantean las alternativas remotas, resulta que los profesores que tienen la suerte de contar con algún dispositivo electrónico, probablemente no tengan acceso a Internet, considerando que, según Yi Min Shum, Venezuela se ubica entre los 10 países con mayor decrecimiento en el acceso a Internet en 2018. Si la tienen, es tan lenta que probablemente lo único que verá de Google Classroom es una ruedita dando vueltas. Si el profesor logra sortear todos los obstáculos anteriormente planteados, aparece el problema que los alumnos pueden no lograr sortearlos, o sencillamente resignarse a participar de tales alternativas. Pareciera entonces que la opción remota no es viable.

Otra alternativa sería continuar clases. Por más extraño que suene, tomando las medidas preventivas sugeridas por la OMS. El problema con eso radica en dos puntos. Primero, dudo que exista algún colegio con salones capaces de albergar a los alumnos sentados con un metro entre ellos y, luego, que la educación es un proceso que implica a muchos actores que deben involucrarse (personal de la cantina y de limpieza, profesores, entre otros), aumentando exponencialmente las probabilidades de contagio. Another option bites the dust.

¿Qué más queda? Aprender como sea. A través de alternativas utilizadas por los colegios para enviar asignaciones, o por nuestra cuenta. Sea a través de libros, de vídeos, o de clases online. Aprender.

Valorar la educación como proceso indispensable en la evolución y la supervivencia de los humanos y dejar a un lado la interpretación de que la única manera de aprender es con un profesor y un pizarrón.

Dedicar tiempo a lo que te apasiona, crear un proyecto o escribir un cuento son maneras de educarse a uno mismo que estoy seguro que funcionaron, funcionan y funcionarán.

Sólo la educación es la vía para defendernos ante el coronavirus y la barbarie. Sólo así progresaremos.

Escrito por Elías Haig, 14 años de edad. Publicado en La noción de la procastinación