Fuente original: EL NACIONAL. –
La gobernanza de las plataformas digitales no ha estado a la altura de los desafíos que entrañan, a pesar de que abundan las investigaciones que documentan sus riesgos, e ignorando, entre otras cosas, las graves consecuencias que genera su uso en niños, niñas y adolescentes.
En efecto, las redes sociales exponen a niños y adolescentes a riesgos como el libre acceso a contenido inapropiado, el trato con extraños, el chantaje, la discriminación, el acoso, como parte de una larga lista de factores que perjudican notablemente su situación psicológica y emocional, y a la que, además, hay que sumar las graves consecuencias asociadas a su desempeño escolar.
Diversas organizaciones internacionales han señalado el modo en el que los menores deben ser tratados en el mundo digital y cómo se deben proteger sus derechos, basándose en la obvia premisa de que desconectarse no es una opción. En conformidad con este enfoque, en diversos países se han
promulgado leyes que prohíben la participación a las redes a menores de 16 años, un hecho obviamente muy positivo, pero insuficiente.
En este contexto destaca la reciente noticia de que, en la ciudad de Los Ángeles, las empresas Google y Meta fueron denunciadas por distintas familias, por el daño que habían causado en la salud mental de sus hijos menores de edad.
En la demanda se indicaba que las empresas, lejos de ser exclusivamente “intermediarios tecnológicos” de ciertos contenidos, deciden fundamentalmente, pero no solo, a través del diseño de los algoritmos y las notificaciones, lo que los que las convierte en responsables de los perjuicios que ocasionaban en los menores de edad.
El tribunal falló en contra de ambas empresas, argumentando que es claro el vínculo entre sus servicios y el daño ocasionado, y exigió, además, una indemnización de varios millones de dólares, sentando, así, un precedente que ayuda a despejar el horizonte para la aplicación de otras medidas dentro de un marco ético, crucial para navegar el mundo interconectado de las redes sociales.
En nuestra Venezuela, este tema no está en la agenda. Como tantos otros. Aún debemos salir -y ojalá sea bien- de una oscuridad demasiado densa que nos dificulta respirar y, por tanto, pensar con claridad. Las familias y la escuela, en ausencia del Estado y sus apéndices, deberían promover el debate sobre las plataformas digitales, con mente abierta, sin drama pero con atención. Todo marcha muy rápido y cuando espabilemos quizá lamentemos la tardanza.
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