Alessandra, de 5 años, solo pudo ir a la escuela una semana el mes pasado debido a los continuos apagones en el estado Zulia, donde vive, el más poblado de Venezuela.

Su mamá, Luzmer Pichardo, no la dejó ir a la escuela cuando abrió para clases diarias durante tres horas.

“Es un peligro”, dijo. “Ha sido terrible para mi niña”.

Hace solamente dos semanas, mientras Alessandra estaba sentada en medio de la oscuridad afuera de su casa, tratando de no pasar tanto calor en la tercera noche sin electricidad, sintió que algo le estaba subiendo por una pierna. Entonces sintió la picada, y poco después una ardentía extrema.

Pichardo, enfermedad de treinta y tantos años, corrió hacia su hija que gritaba para descubrir que de la pijama le salía un ciempiés venenoso. Se apresuró a limpiarle la picada, presa del pánico. También le dio un analgésico y la llevó a una clínica cercana, donde la sala de emergencia estaba a oscuras por el apagón.

Alessandra tuvo suerte de que la picada no le diera fiebre. Pero el temor a las picadas de insectos, la delincuencia y otras preocupaciones siguen ahí un mes después de comenzar los apagones. Su familia, vecinos y la mayoría de la gente de la ciudad siguen pasando la noche en colchones afuera de las casas porque el calor es insoportable.

“Estos apagones han sido un caos total para mi hija”, dijo Luzmer. “A ella no le gusta tomar agua que no esté fría. Lo que tenía en el refrigerador se echó a perder. Nuestros vecinos y nosotros nos turnamos para vigilar a los delincuentes que pasan en bicicleta para tratar de robarnos”.

Esos peligros e incomodidades se están convirtiendo en cosa de rutina en medio de los apagones, que dejan a la mayoría de los estados sin servicio eléctrico. Decenas de miles de menores venezolanos están viviendo sin ir mucho a la escuela, una higiene inadecuada, falta de agua, alimentos insuficientes y poca seguridad, todo exacerbado por los apagones diarios.

Y la mayoría se sienten abrumados por la experiencia, dijo Abel Saraiba, psicólogo y psicoanalista.

“Se sienten furiosos, temerosos, frustrados, ansiosos e impacientes”, dijo Saraiba, quien coordina programas contra la violencia en Cecodap, una organización no gubernamental que promueve los derechos de los niños en Venezuela.

Regiones como el estado Zulia, en la región occidental del país, padecen de de un racionamiento eléctrico de entre 18 y 20 horas diarias desde que los apagones comenzaron a principios de marzo. Venezuela atraviesa en este momento por su peor crisis de servicio eléctrico. El 7 de marzo, un enorme apagón —el primero de cinco en las últimas cinco semanas— dejó a 23 de 24 estados sin electricidad durante varios días.

En Caracas, la capital y centro del poder político, la electricidad funciona con más normalidad.

Saraiba dijo que los niños son muy vulnerables a la combinación del conflicto y la oscuridad en un país ya abrumado por la escasez de alimentos, medicinas, agua y otras necesidades básicas.

“No pueden canalizar debidamente sus emociones porque están encerrados en la casa, sin electricidad y con los enfrentamientos en las calles”, dijo.

ENTORNOS EXTREMOS

Los temores y la ansiedad están provocando respuestas físicas en medio de un estrés tan prolongado, dijo Saraiba. Los pequeños son especialmente vulnerables y muchos sufren lo que los psicólogos llaman “regresión”

“Empiezan a chuparse el dedo o a orinarse en la cama otra vez”, explicó. “Ya estaban acostumbrados a dormir solos, pero desde que comenzaron los apagones quieren dormir otra vez con sus padres”, dijo. Los pequeños también rompen a llorar con frecuencia irregular, afirmó.

Los apagones también están provocando cansancio y fatiga.

Luis Ignacio, 12-year Venezuelan boy, in the dark (2) (1).JPG
Luis Ignacio, un niño venezolano de 12 años, en la oscuridad de un apagón.

Luis Ignacio, un adolescente de 12 años que ha perdido varios días de clases y prácticas de fútbol, está cansado de cargar cubos de agua de un pozo en el patio de su casa en Maracaibo, para bañarse, cepillarse los dientes o limpiar al baño. La bomba de agua no funciona la mayor parte del día, y el jovencito tiene dolores de espalda.

“Tenemos que echar el cubo en el pozo varias veces para cargar suficiente agua”, dijo Luis Ignacio una noche en su casa durante un apagón de 15 horas. “Eso cansa mucho, me duele la espalda”.

El adolescente estaba sentado en medio de la oscuridad en el patio, cerca de un colchón que comparte por la noche con su padre, Alejandro Fernández, y su hermana Camila. Esto resulta incómodo, a lo que se suma las incesantes picadas de mosquitos.

Los niños como Luis Ignacio enfrentan lo que los psicólogos califican de “entornos extremos” en ciudades como Maracaibo, donde la temperatura puede llegar a 95 y 100 grados Fahrenheit, acompañada de una humedad de entre 70 y 80 por ciento.

Mientras el niño hablaba, a lo lejos se escuchaba el sonido de las cacerolas, actos de protesta constantes con que los venezolanos expresan su descontento con los prolongados apagones.

“Todos estamos muy afectados por esta situación”, dijo Luis Ignacio. “Nadie puede dormir o descansar”

Paula, una niña de 4 años del norte de Maracaibo, pensó que había tenido unos días libres en la escuela durante el comienzo de los apagones. Así que se dedicó a mirar películas en la villa privada donde vive, gracias al generador de un vecino, y a veces se bañaba en la piscina instalada por un padre para toda la comunidad.

Pero la diversión se acabó pronto. A su Emma, su hermana de 2 años, se le inflamó la garganta por los cambios de temperatura debido al viento y la sudoración de noche.

Las picadas de los mosquitos, a las que es alérgica, hicieron que Paula se rascara tanto por la noche que tuvo infecciones en la piel. “Me cuesta mucho trabajo verlas así”, dijo con voz temblorosa la madre de las niñas, Denyse Carrero, mientras mostraba fotos de la piel lacerada de su hija mayor.

Meurys Rivero, a psicóloga de la Universidad Central de Venezuela (UCV), con 12 años de experiencia, advierte a los adultos sobre la engañosa capacidad de sus hijos para adaptarse a circunstancias tan especiales.

“Sí, son flexibles para adaptarse a cualquier situación, pero eso no significa que se diviertan con los apagones o que les gusten”, dijo. “Podemos jugar con ellos, revisar las tareas anteriores o leerles, y no estamos evadiendo la realidad. Es una manera en que los niños pueden canalizar su ansiedad”.

Isabella, una niña de 8 años que vive con su hermano menor, Gabriel, sus dos padres y una abuela en una casa cerca de una subestación eléctrica, pasó casi todo marzo sin electricidad. Estuvieron sin luz 112 horas seguidas en el último apagón.

Hace unos días, la niña sonreía al hablar de como creaba coloridos diseños para ropa durante uno de los apagones. Ese día, su familia estaba usando una extensión desde el generador de un vecino para cargar las baterías de los teléfonos y encender un ventilador y un televisor.

En las cejas, la nariz, las mejillas, la frente y los brazos se le veían pequeños puntos rojos cuando le daba la luz del sol, picadas de mosquito de noches recientes, dijo su mamá, Vanessa de Chávez.

“Cada vez que la electricidad se va en la casa, Isa me pregunta repetidas veces y con nerviosismo si es un apagón generalizado”, dijo la madre. La familia recuperaba el servicio eléctrico en pocas horas si el apagón era programado, pero si era generalizado, podían pasar días.

Isabella escuchó a su familia hablar de los saqueadores con carritos de supermercados llenos de comida y artículos que acababan de robar en las calles cerca de la casa después del cuarto día del primer apagón nacional. También podía escuchar disparos y gritos.

Se enteró que la directora de su escuela pidió regresar a clases después de una semana y media por los apagones. “Yo quiero mucho a mi directora. Ella nos llama a clases con electricidad o sin ella”, dijo Isabella con una amplia sonrisa.

Para entretenerse durante los apagones, le gusta dibujar, jugar con una muñeca rubia llamada Valentina —a la que ella misma le cortó el cabello— o abrazar un osito de peluche llamado Nubecita.

Una noche reciente de apagón, jugaba al ahorcado con su madre. Vanessa se preocupó en un momento particular que le tocaba jugar a Isabella: la niña había escrito una frase de tres palabras con el apellido del presidente venezolano.

“Yo temía que hubiera escrito una obscenidad”, recordó. En medio de la noche, Isabella había escrito: “Odio a Maduro”.

“¡Lo odio!”, dijo la niña con el ceño fruncido, abrazando firmemente la carpeta rosada donde guarda sus ilustraciones para las noches sin luz.

Verificado por MonsterInsights