Fuente original: Agencia Pana Cecodap / Emmanuel Rivas .

La detención de Luis Carlos Peña, ocurrida el 31 de octubre de 2024 en el estado Mérida, no sólo privó de libertad a un hombre de 63 años con enfermedades crónicas, también dejó una herida profunda en la estructura de su familia.

A más de 14 meses de haber sido aprehendido de forma arbitraria, el impacto va más allá de lo legal: los niños, niñas y adolescentes que crecieron con él -muchos todavía menores de edad- hoy han sido obligados a aprender a vivir con su ausencia.

Luis Carlos Peña es padre, abuelo, trabajador del campo y ciudadano colombiano. Fue detenido en el contexto postelectoral de 2024, sin orden judicial, y permanece recluido en el Internado Judicial de Barinas en condiciones que su familia describe como inhumanas: hacinamiento extremo, violencia interna, escasez crónica de agua y alimentos, y una preocupante falta de atención médica.

Luis Carlos padece hipertensión arterial y problemas respiratorios, patologías que se agravan dentro del centro de reclusión. Mientras el sistema lo mantiene tras las rejas, su familia paga una condena paralela.

Una carta que expone el duelo infantil

Su hija menor, de 14 años, escribió una carta dirigida a la canciller de Colombia, Rosa Villavicencio, y al embajador de ese país en Venezuela, Milton Rengifo. Era octubre de 2025.

En ella narró el calvario de su padre y cómo la separación forzada ha fracturado su rutina. No envió un discurso político ni usó palabras rebuscadas, habló como una adolescente a la que le arrebataron la cotidianidad y la estabilidad emocional.

“Me robaron mi felicidad”, escribe. Relata dificultades para dormir, falta de concentración en sus estudios, un vacío constante y la angustia de escuchar la voz de su padre solo a través de breves llamadas telefónicas.

“Mi deseo y el de toda mi familia es la pronta libertad de mi papá: lo extraño mucho, hace un año que no lo veo, solo sé lo que mi mamá y mis hermanos me cuentan, pero de verdad quiero volver a ver a mi papá, quiero verlo libre, quiero verlo feliz y quiero y deseo tener a mi familia junta de nuevo”, dice la adolescente en un escrito que no solo es testimonio de su historia, es reflejo de la realidad que viven o vivieron miles de familiares de personas detenidas en circunstancias políticas sin un motivo justificado ni un proceso judicial apegado a la ley. 

De acuerdo a los psicólogos consultados por su madre, la adolescente presenta síntomas de afectación emocional sostenida, compatibles con lo que los expertos describen como estrés y trauma por una separación “prolongada e inesperada” de su figura paterna. Llora con facilidad, tiende a aislarse, está irritable y el año pasado su estado emocional comenzó a traducirse en la caída del rendimiento escolar. La adolescente ha expresado que no solo está triste… no tiene ganas de hacer nada. 

La infancia que aprendió a temer

Uno de los episodios más graves ocurrió el día de la detención. Uno de los nietos de Luis Carlos, que para entonces tenía 3 años, presenció cómo funcionarios de la Dirección General de Contrainteligencia Militar llegaron a buscar a su abuelo, lo arrodillaron y le apuntaron con armas largas. 

Durante meses, el niño sentía miedo y ansiedad. Hoy, aunque esas emociones no dominan su día a día, el temor reaparece como un reflejo cada vez que ve a un funcionario policial.

En Navidad, la segunda que pasan sin Luis Carlos, el deseo de sus nietos no era tener un carro a control remoto, una bicicleta o una muñeca con sus accesorios. Era tener a su abuelo libre, con ellos, y en familia.

El encarcelamiento injusto se apodera de la cotidianidad infantil y desplaza los juegos por preguntas sobre prisiones, guardias y liberaciones. Según familiares y reseñas de medios colombianos, después de permanecer 8 días detenido en Mérida, Luis Carlos fue trasladado a Caracas. Allí estuvo nueve meses y finalmente fue llevado a Barinas.

La ausencia que se vuelve rutina

La nieta mayor habla de un abuelo presente y afectuoso, parte esencial del crecimiento familiar. Desde su detención, las fechas especiales dejaron de ser celebración para convertirse en recordatorios dolorosos.

“Mi abuelo formaba parte de nuestro día a día, llenándonos a todos de risas y de felicidad con sus ocurrencias. Mi abuelo es parte de nosotros (…) Siempre pensamos en cómo estará, emocionalmente y de salud”, relata.

Cumpleaños, navidades y año nuevo han pasado sin él. Para la niñez y la adolescencia de esta familia, la injusticia no es solo un concepto, es una silla vacía.

Niñez vulnerada, niñez a la espera

El caso de Luis Carlos Peña demuestra que las detenciones arbitrarias no afectan únicamente a quien pierde la libertad. Rompen vínculos, alteran procesos educativos y dejan secuelas emocionales en niños, niñas y adolescentes que no tienen herramientas para procesar la violencia institucional.

Desde el 8 de enero de 2026, cuando el gobierno anunció procesos de excarcelación en el país, hasta el 19 de enero, la ONG Foro Penal ha registrado 143 personas excarceladas. Siguen detenidos 775 adultos, entre ellos Luis Carlos Peña, y dos adolescentes. Los hijos y nietos del ciudadano colombiano esperan que la justicia devuelva lo que nunca les debió quitar: el derecho a crecer con su familia completa.

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