Hay marcas que nunca se borran,
quedan tatuadas en el alma

Reina, movida y motivada por su participación en unos coloquios sobre crianza sin violencia, decidió recibir apoyo terapéutico y me pidió que la acompañara en este proceso. Era una mujer joven, 30 años, aunque parecía mayor, no por su apariencia física, más bien por su forma conservadora y bastante estricta de concebir la vida.

Su contextura delgada, el cabello oscuro atrapado en una cola, sin que ningún mechón quedase libre. Su voz fuerte y ronca le daba un aire de mujer de poder con poca disposición para la negociación, especialmente en lo emocional. Se confesaba muy  crítica “sin pelos en la lengua”, pero muy poco  tolerante a las críticas de los demás. Se desempeñaba como gerente de un banco.

Detrás de esa “mujer de hierro” se escondía una niña bastante vulnerable, víctima de  castigos físicos y verbales que justificaba por “su mal comportamiento”. En las sesiones de terapia logró soltar toda la rabia reprimida que sentía hacia sus padres por los malos  tratos.

Gracias a su proceso terapéutico tomó conciencia que el método que utilizaba para corregir a su hijo Franklin (9 años) no era el conveniente.

Empezó a implementar estrategias no violentas para ponerle límites a su hijo que según ella se mostraba muy rebelde y contestón.

Cuál no sería mi sorpresa, la tarde que le tocaba su cita llega con Franklin. Con cara de preocupación y mucha confusión se dirige al niño y le pide que me diga lo que le comentó la tarde anterior.

Con una picardía en los ojos, que no lograba esconder unos lentes de esos  que parecen sacados de utilería, por su  forma y color, me dijo: “Quiero hablar a solas contigo. La madre me ve y me dice  “si, él  quiere  plantarle algo”.

Entramos al consultorio, y sin mucho preámbulo me dice: “Mi mamá ya no me quiere como antes, ahora ni siquiera me pega”. Cómo es eso, le dije  y me respondió “Si, ya no me pega, creo  que ya no le importo”. Había  asumido  que su mamá le pegaba porque lo quería. Eso era lo  que ella le decía cuando le pegaba: “Te pego porque te quiero, quiero que seas una persona de bien”.

Día Internacional de la Lucha contra el Maltrato Infantil

Cada 25 de abril se conmemora este día para que internacionalmente se tome conciencia de esta forma de violencia, que incluye abuso psicológico, sexual, desatención, abandono, explotación comercial, entre otras agresiones.

Para la Organización de Naciones Unidas, América Latina es una de las regiones con las mayores tasas de maltrato infantil.

Alice Miller (2001), investigadora en el tema, asegura  que cuando se le dice a un niño o niña que las humillaciones y los malos tratos que recibe son por su propio bien se le transmite una creencia que puede durar toda la vida. Repetirá esta  forma de “corrección”, agrediendo también a su hijo y convencida  de que  es lo correcto.

Cuando el bebé nace necesita ser cuidado y protegido, amar y sentirse amado. Cuando estas necesidades no se satisfacen, y en lugar de ello es agredido, se habrán sentado las  bases para  que sienta que la agresión es válida en incluso necesaria para lograr que los  demás hagan lo  que  creemos correcto, “me pega porque me quiere” y el niño deduce: si las personas más importantes de mi vida, a quienes amo (papá, mamá, abuela, tíos…) me pegan e insultan porque “me quieren”. entonces agredir no es malo.

Al igual que Franklin, para muchos niños, niñas y adolescentes, se considera “natural” o “normal” que sus familiares los golpeen para disciplinarlos o corregirlos. Es común escuchar “una nalgada a tiempo puede evitar muchos males”. De esta forma nuestros hijos  aprenden que, por amor, podemos golpear a otros cuando no se comportan como deseamos.

Hasta la próxima Resonancia

Por Fernando Pereira | @cecodap | @fernanpereirav
Educador. Fundador de Cecodap

Fuente: Caraota Digital