Fuente original: Dayrí Blanco: AGENCIAPANA
Crystal corre cada vez que escucha el sonido de una llave en la puerta. En el pequeño apartamento donde vive con su mamá, en el norte de Valencia, cualquier ruido vecino puede convertirse, por un segundo, en esperanza. Cuando oye el giro metálico de una cerradura al otro lado del pasillo deja lo que está haciendo, corre hasta la entrada y se queda mirando fijamente la puerta.
“Uy, papá”, dice con la voz suave de sus tres años. Luego espera. Pero la puerta nunca se abre. Entonces, su mamá tiene que explicarle otra vez lo mismo: que papá está trabajando, que vendrá después, que pronto regresará.
Crystal se queda quieta un momento, como si intentara entender. Luego se aleja despacio, con la mirada aún puesta en la puerta, como preguntándose si esta vez sí vendrá.
A Crystal le arrebataron a su papá cuando tenía apenas un año y medio. Hoy tiene tres. Ha pasado dos cumpleaños sin él porque está en la lista de presos arbitrariamente en Carabobo desde el 17 de septiembre de 2024. Ese martes, cerca de las cuatro de la tarde, la rutina de Crystal cambió para siempre.
La comida con papá
Su papá, Luis Armando Táriba Malpica, trabajaba como mesero en un restaurante de comida asiática en la avenida Bolívar de Valencia. Es diseñador gráfico, pero no había conseguido empleo en su profesión. Como muchos padres venezolanos, tomó cualquier trabajo que le permitiera sostener a su familia.
Trabajaba 12 horas diarias. Salía cerca de las 11:00 a.m. y regresaba alrededor de las 11:00 p.m. Crystal lo esperaba despierta. No se acostaba hasta que él llegaba.
Comían juntos. Jugaban. Él la cargaba, la hacía reír, se tiraba al piso para jugar a caballito o dejaba que su hija le pusiera ganchos en el cabello y lo vistiera de princesa. Es ese tipo de papá.
El martes 17 de septiembre, funcionarios de la Policía Municipal de Valencia llegaron al restaurante. Le pidieron su cédula de identidad y le dijeron que debía acompañarlos para responder unas preguntas. Desde entonces no ha vuelto a casa.
Pero antes de salir, Luis Armando hizo algo que la familia recuerda como una escena detenida en el tiempo: le dio la comida a su hija. La bebé no quería comer con nadie más. Solo con él.
La niña y el retrato
Desde la detención de Luis Armando, Crystal anda con una foto de su papá por todo el apartamento. La besa. La abraza. La mira como si fuera una ventana. “Papá… Uy, papá”, lo dice todos los días mientras juega, mientras camina, mientras observa algo que le recuerda a él.
Ha pasado más de un año y cinco meses desde su detención, pero la imagen sigue siendo parte de su rutina. La foto es su manera de sostenerlo.
Para una niña de tres años, el tiempo no se mide en procesos judiciales ni en audiencias preliminares. Se mide en abrazos que faltan y en cumpleaños sin papá.
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Crystal cumplió dos años el 6 de diciembre de 2024, apenas tres meses después de que se lo llevaran. Hubo torta, familia y algunos regalos. La historia se repitió en su tercer cumpleaños. Pero el ánimo no era el mismo.
Las celebraciones ahora se hacen sencillas, con cuidado, intentando que la niña no sienta el vacío. “Se celebra para que ella no pierda a su Niño Jesús, sus cumpleaños, sus cosas de niña”, explicó su abuela paterna, Priscilla Malpica.
La visita
Durante los primeros meses de la detención Crystal pudo ver a su papá con frecuencia. Cuando Luis Armando estuvo detenido en sedes policiales en Caracas, primero en El Helicoide y luego en la PNB de La Yaguara, la familia lograba viajar desde Valencia para visitarlo.
Crystal aprendió rápidamente el camino. Cuando el taxi se acercaba a la sede policial de Zona 7, en Boleíta, había un edificio gris antes de llegar al resguardo. Cada vez que lo veía, comenzaba a decir “Uy… uy… papá”. Sabía que estaba cerca.
Dentro del lugar de visitas se paraba frente a la puerta por donde él salía. Esperaba con las manos inquietas, golpeándose los deditos con ansiedad, como si su cuerpo supiera que estaba a punto de verlo. Y cuando finalmente aparecía, corría hacia él. Se lanzaba sobre su papá y no había forma de separarlos. Crystal lo abrazaba con la fuerza de quien temía que volviera a desaparecer.
Meses sin verlo
La última vez que Crystal vio a su papá fue en julio de 2025. Después, Luis Armando fue trasladado al Centro de Formación del Hombre Nuevo, ubicado en el penal de Tocuyito, en Carabobo.
Aunque está más cerca de casa, en los centros penitenciarios venezolanos las visitas de niños suelen estar restringidas a fechas especiales por razones de seguridad, como el Día del Niño, Navidad o el Día del Padre. Crystal pasó cinco meses sin verlo hasta el 24 de diciembre. Para una niña eso significa prácticamente no ver, tocar ni escuchar a su papá.
La ausencia que cambia a una niña
Crystal es una niña dulce, dicen sus familiares. Cariñosa. Inteligente. Despierta. Pero la ausencia de su papá ha dejado huellas. A veces se queda pensativa. Otras veces parece más reservada con las personas. Su familia ha notado cambios que, aunque sutiles, son constantes.
La ansiedad aparece de formas inesperadas. Una de ellas es la comida. Crystal siempre fue de buen comer, dicen, pero ahora su apetito parece ser una respuesta al estrés y la angustia emocional.
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También está la puerta. Siempre la puerta. El sonido de la llave del vecino, la esperanza de que sea él, la carrera hasta la entrada, la espera… y luego la decepción silenciosa.
“Ella manifiesta la ausencia de su papá a su manera”, explicó su abuela, quien es psicoterapeuta. Con la foto. Con la puerta. Con la palabra “papá”.
La familia intenta protegerla. A su edad, Crystal todavía no entiende conceptos como detención, terrorismo, tribunales o procesos judiciales. Por eso, la familia creó una mentira que hace más sencilla y llevadera la carga: le dicen que papá está trabajando, que volverá pronto y que debe portarse bien para cuando él regrese.
El caso de su papá
El día de su detención lo llevaron a la sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) en Naguanagua. Posteriormente, trasladaron a Luis Armando a El Helicoide, en Caracas, donde fue presentado ante un tribunal con competencia en terrorismo.
Durante ese proceso se desmayó debido al estrés y a una condición cardíaca congénita: un prolapso en la válvula mitral, que puede provocar pérdida de conciencia en situaciones de presión extrema.
En la audiencia le imputaron los delitos de terrorismo, traición a la patria y asociación para delinquir, vinculándolo presuntamente con una organización norteamericana contraria al gobierno de Nicolás Maduro. Posteriormente fue trasladado a la PNB de La Yaguara, donde sufrió otros dos desmayos.
En la audiencia preliminar le informaron que estaba incluido en la misma causa con otras dos personas que no conoce.
Según explicó su madre, uno de los elementos que utilizaron las autoridades para vincularlo con estas personas fue la presencia del nombre de uno de ellos en el bloc de notas de su teléfono. Ella asegura que Luis Armando lo utilizaba para anotar datos de clientes del restaurante donde trabajaba.
Otro aspecto que llamó la atención de los investigadores fue su forma de vestir. Luis Armando solía usar ropa verde oliva o de camuflaje, botas y morral con parches de Venezuela y Estados Unidos. Según su familia, se trataba de una especie de fantasía personal: soñaba con ser militar, algo que no pudo cumplir debido a su problema cardíaco.
Actualmente permanece recluido en el Centro de Formación del Hombre Nuevo El Libertador, en el penal de Tocuyito.
Su caso fue incluido en una solicitud de amnistía introducida por la organización Foro Penal, que ya fue aprobada por el tribunal correspondiente. Sin embargo, la familia sigue esperando la boleta de excarcelación. Aún no ha sido llevado a juicio.
La lucha de la abuela
Para poder visitar a su hijo, Priscilla Malpica camina por las calles de la urbanización El Trigal, en Valencia. Toca puertas. Pide ayuda. A veces consigue un dólar. A veces dos. Es así como logra reunir el dinero para verlo cada semana o cada diez días y llevarle la valija personal con comida y productos de higiene.
Priscilla es terapeuta psicosocial, pero actualmente no tiene suficientes pacientes para sostener los gastos del proceso. La mayor parte de lo que consigue lo destina a su hijo. Y eso, dice, también limita lo que puede ayudar a su nieta.
Lo que Crystal todavía no sabe
Crystal solo sabe que su papá no está. Sabe que antes la dormía más rápido que nadie. Que jugaba en el piso con ella, que la cargaba, que la hacía reír… y que ahora solo aparece en una foto.
La familia espera que Luis Armando recupere su libertad y que Crystal vuelva a verlo entrar por la puerta. La niña todos los días espera que papá vuelva a darle la comida, a cantarle, a estar ahí cuando se duerma.
“Lo único que le pido a Dios”, dijo Priscilla, “es ver a la niña otra vez con su papá en casa”. Cada vez que suena una llave en la puerta, Crystal corre. Siempre corre y se decepciona.
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