Desde el año 2000 se ha designado el 19 de noviembre como el Día Mundial para la Prevención del Abuso Infantil. Ya son 21 años teniendo que insistir en que los niños y niñas tienen el derecho a estar protegidos de todas las formas de violencia tal y como lo establece el artículo 19 de la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño, que este 20 de noviembre arriba a los 32 años.

A pesar de que los años y las conmemoraciones pasan, los abusos en sus distintas manifestaciones no cesan, continúan ocurriendo. En el caso del abuso sexual de manera oculta, se ha sostenido que el silencio impone la perpetuación.

¿Secreto a voces?

Desde Cecodap tuvimos la gran oportunidad de participar en un proceso de investigación-acción sobre violencia sexual infantil, prevención e intervención en crisis, liderado por la Oficina Regional del BICE para América Latina, con sede en Montevideo, y en alianza con reconocidas organizaciones de la sociedad civil de nuestra región.

Una experta como Eva Silveiros Faleiros nos alertó, “la cuestión de la revelación es crucial en el enfrentamiento de la problemática del abuso sexual de niñas, niños y adolescentes. Revelar es descubrir, develar, mostrar, tomar conocimiento, hacer público lo que estaba escondido o en secreto, denunciar, testimoniar, divulgar, declarar, proclamar. Se trata de un proceso extremadamente complejo, delicado y difícil, tanto para quien lo revela y para quien recibe la revelación”

Muchas revelaciones verbales y no verbales son descalificadas, no son tenidas en cuenta, o no resultan en ninguna acción efectiva de protección a la víctima y de responsabilidad del abusador. El abuso “es revelado” de distintas formas no verbales (actitudes de la víctima, del agresor y de la relación entre ambos; heridas, enfermedades, dibujos, cambios de comportamiento) que pueden ser indicadores de la ocurrencia del abuso sexual. Sucediendo a menudo que los adultos (familiares, amigos, docentes, profesionales de la salud) no saben o no se atreven a decodificar esos mensajes. Se buscan explicaciones de situaciones a problemas de aprendizaje, de rendimiento escolar, de convivencia familiar, dejando de lado la raíz de fondo.

Abordar esta realidad implica superar una visión de que el abuso sexual no es solo una relación de abusador/abusado; sino entender que está dentro de una realidad sistémica o de redes. Desde esta concepción existe un silencio más generalizado, se trata de pactos de silencio entre los adultos, familiares, vecinos, amigos, profesionales, instituciones y de la sociedad, sin el cual el abuso no tendría tantas facilidades para ser cometido.

Apunta Silveiros, el silencio permite al abusador seguir cometiendo éste y otros abusos. Toda revelación tiene un carácter esencialmente preventivo. La responsabilidad de la revelación no es exclusiva de la víctima. Cualquier adulto que sospeche o tenga confirmación de una situación de abuso sexual tiene la responsabilidad –humana, ética y profesional- de investigarla y denunciarla. “La principal revelación del abuso sexual es de los adultos, responsables socialmente de la protección”.

Denunciar, un paso más

Son múltiples las razones para desconfiar de la institución de la denuncia en un país como el nuestro. En el caso del abuso sexual se multiplican por los temores a la revictimización sometiendo al niño a los interrogatorios y experticias, transitar el proceso de lidiar con el sistema de justicia, pensar que todo el esfuerzo no valga para obtener justicia, que la impunidad se imponga y se libere al perpetrador o no tenga que responsabilizarse por el daño causado, el costo emocional de exponer a la víctima en su entorno y, especialmente, cuando el agresor forma parte de la familia.

Pero a pesar de esta realidad que no se puede soslayar, las organizaciones participantes en el proyecto regional expresamos que hay fundadas razones por las cuales sí se debe denunciar, tanto las situaciones de abuso sexual como las sospechas en torno a estas situaciones. Remediar el daño causado. Responsabilizar al abusador. Desculpabilizar a los niños y niñas que vivieron estas situaciones. Evitar que el abuso vuelva a repetirse, que se continúe haciendo más daño. Impedir que el abusador pueda abusar de otros niños o niñas.

Ante cualquier caso las primeras decisiones a tomar son asegurar la vida  y la integridad física y psicológica de la víctima. Décadas después seguimos con la deuda de poner el sol nuevamente en su lugar, para todas las niñas, niños y adolescentes víctimas de violencia sexual.

Efecto cocuyo