Los tiempos de confinamiento obligatorio y prolongado que vivimos suponen retos importantes en la formación de nuestros niños. Tendemos a pensar que los deberes relacionados con lo escolar son el único aprendizaje que atañe a la infancia; pero ¿qué pasa con su formación para la ciudadanía? ¿Se aprende a participar en casa?

El sacerdote y educador peruano Alejandro Cussiánovich establece: “En general, la participación cotidiana de los niños se presenta bajo la fórmula de la ayuda y la obediencia. La verticalidad y el autoritarismo de los adultos no permiten una participación activa y reconocida como un derecho. La cultura del grito y del palo no deja prácticamente espacio para la participación. Quizá el ámbito familiar sigue siendo el espacio más difícil para la participación activa de los menores de edad, pues allí es “natural” que sean los adultos quienes mandan”.

Pensar que la situación mejoraría planteando que los niños desconozcan la autoridad de sus padres o sustituyan sus roles dentro de la familia, está originando un seria descompensación que afecta a muchos grupos familiares generando múltiples conflictos.

La participación de los niños puede generar conflictos en las familias, especialmente cuando expresan sus desacuerdos con la forma de actuar del padre, madre, abuela o el cómo se toman las decisiones. Los conflictos entre familiares siempre estarán presentes; porque somos, pensamos y sentimos de forma diferente. La edad, situación emocional o creencias hacen que tengamos distintos puntos de vista sobre una misma realidad.

Sabemos que los involucrados en el conflicto se perciben a sí mismos como si tuvieran la razón. Su punto de vista es el correcto, justo, y sienten que la otra parte es la que está equivocada. El problema no es el conflicto, es cómo lo abordamos para llegar a acuerdos.

Los conflictos en la familia por la participación de niños, niñas y adolescentes se pueden generar por puntos de vista diferentes sobre un mismo tema; por ejemplo: la disciplina. Cómo asumir las normas de convivencia; uso del poder y la autoridad, y cómo se ejerce la autoridad; inflexibilidad de las partes, con poca capacidad de escucha y respeto por las diferencias. Pudiéramos decir que la familia es el nido en el cual se aprende: quién ejerce la autoridad, qué tareas corresponden a cada sexo, a los jóvenes, a los ancianos; qué códigos de comunicación están permitidos ya sean verbales o gestuales, la expresión o no de emociones y sentimientos.

Cada una de estas formas básicas de interacción se aprenden y se incorporan dentro de la familia. Así, la participación también encuentra en ella la posibilidad de promoverse o reprimirse.

En la familia aprenden a hablar, vestirse, obedecer o confrontar a los mayores, proteger a los más pequeños, cooperar, participar de juegos individuales o colectivos respetando los acuerdos, distinguir lo que está bien o está mal. En la familia aprenden a participar, opinar, expresarse. Mientras mayores y mejores sean las oportunidades y posibilidades, su participación estará más apegada a lo que piensa siente, desea, necesita o sueña.

La participación en la familia se realiza entre un conjunto de acuerdos de interacción que son implícitos. Cada acuerdo crea un sistema de derechos y obligaciones. Son pautas necesarias para proveer un contexto relativamente estable, predecible. El niño o la niña sabe y siente que su grupo familiar tiene su sello propio, marcado por sus creencias, estilos de vida, representaciones y se reconocen como, por ejemplo, “nosotros los Pérez”.

El mejor regalo que podemos hacer este Día del Niño es darles voz, devolverles la palabra para que puedan contar su historia, reconocerse y sentirse parte importante de su familia y comunidad. Proveer un ambiente familiar donde niños y niñas vivan la experiencia de ser respetados, valorados y de poder participar democráticamente será el mejor obsequio para inmunizarlos contra el atropello, imposición de ideas o injusticia.

Efecto Cocuyo