Por Fernando Pereira | @cecodap | @fernanpereirav

El 20 de Noviembre de 1989 se aprobó en la Organización de las Naciones Unidas la Convención sobre los Derechos del Niño. Tratado que reconoce que niños y adolescentes son portadores de derechos humanos que deben ser respetados. Marca un hito después de siglos en que la humanidad consideró “casi personas u objetos” a la niñez.

Este hecho impulsó un movimiento para la promoción de los derechos de la niñez en Venezuela. La Coordinadora de Organizaciones No Gubernamentales por la Niñez (Congani) aglutinó a organizaciones a nivel nacional que en alianza con Unicef Venezuela y Save the Children de Suecia permitió que los contenidos de ese novísimo instrumento legal se conociera en la red de escuelas de Fe y Alegría, AVEC y del propio Ministerio de Educación. Se repitieron los encuentros, asambleas, parlamentos, cabildos que posibilitaron que la voz de los niños se escuchara en las plazas, calles, emisoras de radio, canales de televisión, en alcaldías,  Congreso Nacional, organismos públicos; e incluso, fuera de nuestras fronteras representando al país en eventos internacionales.

El país salía de la llamada década perdida (como se denominó a los 80) atravesando una crisis social que tuvo su eclosión en El Caracazo. En ese entonces visitó Caracas, Alejandro Cussianovich reconocido activista peruano por las reivindicaciones de los niños en la región y afirmaba que la Convención representaba un cambio paradigmático que implicaría no menos de 25 años para lograr el cambio cultural en las familias, escuelas, comunidades…

Tres décadas después, con pesar debemos admitir que no se ha logrado el cambio cultural y que la situación de los niños de hoy está sin duda más comprometida. Bien lo refleja la Red por los Derechos Humanos de Niños, Niñas y Adolescentes en su comunicado: Venezuela está en deuda con el mandato de la Convención.

“En Venezuela, el 30 aniversario de la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN) se recibe en medio de una emergencia humanitaria compleja con graves efectos a corto, mediano y largo plazo en la vida de niños, niñas y adolescentes… Hoy más que nunca denunciamos la vulneración sistemática y prolongada del derecho a un nivel de vida adecuado, del acceso de niños, niñas y adolescentes a la alimentación y de la ausencia de medidas y decisiones que permitan a las familias tener una dieta nutritiva que asegure un desarrollo integral de niños y niñas. Denunciamos también, la falta o prestación irregular de los servicios básicos como agua, electricidad, gas, aseo urbano y transporte, que afectan el bienestar y el progreso de millones de niños y niñas en Venezuela, además la realidad del creciente peligro de la migración forzada de las familias incluyendo niños, niñas que migran sin compañía adulta y los que quedan solos en el país”.

La Redhnna describe como los derechos a la salud, educación, protección de la violencia, recreación, participación son sistemáticamente amenazados y violados ante una evidente desinstitucionalización del sector y falta de rectoría por parte del Estado.

¿Hay motivos para seguir adelante en medio de este panorama?

La respuesta me la dio Elías Haig, un adolescente de 13 años que me compartió las siguientes líneas:

“Por más que parezca ser un acuerdo más, no es así. No sólo porque es el tratado más ratificado a escala mundial, sino porque en sus 54 artículos, se reconocen los derechos que debe tener cada menor de edad: en otras palabras, las condiciones para que el mundo, a futuro, quede en buenas manos. Van desde los más elementales, como el derecho a la vida, hasta otros tan específicos como la presunción de inocencia, ante la posibilidad de que un niño haya cometido un delito.

No hay mejor manera de festejar este maravilloso pacto que cumpliéndolo: ¡Felices 30 años a la Convención de los Derechos del Niño!”

Por Elías y por todos los niños y adolescentes del país vale la pena retomar los principios de este tratado para que todos ellos disfruten de sus derechos. Nuestra apuesta a que tienen el potencial para convertir en hechos nuestras intenciones. El país está en sus manos.

Efecto Cocuyo